Erzsébet Bathory: La Tigresa de Csejthe

2168507489_1_3_Erh1hLklLa figura del vampiro, ha servido de fuente de inspiración para crear multitud de historias y personajes. La leyenda de tan poderoso y diabólico ser, aparece a menudo entremezclada con la imagen de algún personaje histórico. Esta combinación, en determinadas ocasiones, nos habla de los primeros indicios más o menos documentados, acerca de los asesinos seriales. Un caso particularmente famoso, es el de Erzsébet Bathory, noble húngara que vivió entre los siglos dieciséis y diecisiete, y que se ganó el calificativo de Condesa Sangrienta, por su crueldad y sadismo.

Gracias a la obra “Drácula”, del irlandés Bram Stoker, el vampiro canónico actual está basado en la figura de Vlad Draculea III, Vojvoda de Valaquia, famoso por su diligencia y crueldad en el campo de batalla, así como por su uso extensivo del empalamiento como método de ejecución. Aun así, y a pesar de su oscura leyenda, no existe crónica alguna acerca de que el valaco bebiera la sangre de sus víctimas, a diferencia de la Condesa Bathory, que vivió obsesionada con la hemoglobina, y se convirtió en una depredadora imparable, una bestia a la que ni tan siquiera sus más allegados podían retener.

No existe registro que indique el número exacto de víctimas que sucumbieron a los sádicos placeres de la condesa, pero se estima que pudieron llegar a ser unas 630 mujeres, con edades comprendidas entre los 9 y los 26 años. A causa de ello, aún a día de hoy, la Condesa ostenta el dudoso honor de aparecer en el libro Guinness de los records, como la asesina con mayor número de víctimas de la historia.

Se rumorea que existió un diario donde la condesa anotaba día tras día, las torturas que iba infringiendo a sus siervas. Tomaba nota de los nombres de las muchachas cuando estas llegaban al castillo, y los tachaba cuando sus cadáveres lo abandonaban. De todos modos, si tal documento existió, nunca se hizo público, y la verdad de lo que ocurrió tras los gruesos muros del castillo de Csejthe, permanecerá enterrado para siempre bajo las ruinas de sus mazmorras.

Erzsébet Bathory, nació el 7 de agosto de 1560, en Nyirbatór, en el seno de una de las familias más adineradas y poderosas de toda Hungría. De los Bathory, la pequeña Erzsébet no sólo heredaría la riqueza y el poder, pues su estirpe estaba lacrada por la crueldad y la demencia: Su tío Istvan, el Palatino de Transilvania, era conocido por hacerse conducir en trineo por arena blanca, al confundirla con nieve, pues era incapaz de distinguir el invierno del verano. Segismundo, el propio rey de Transilvania, aullaba de terror por las noches, temeroso de los fantasmas, y no soportaba la presencia de su esposa, hasta tal punto que tras declararse impotente, huyó a Polonia para no verla más. Klara Bathory, la tía paterna de Erzsébet, se casó cuatro veces, y se decía que había asesinado a sus primeros maridos.

A los once años, Erzsébet fue prometida al conde Ferencz Nádasdy, teniéndose que mudar con su prometido y su suegra Orsolya, al castillo de estos.

Gracias a las enseñanzas de su suegra, la Condesa era una de las personas más cultas de toda Hungría, sabía leer y escribir en húngaro, latín y alemán, a diferencia de lo que era corriente entre los nobles de la época, puesto que el mismo Vojvoda de Hungría era analfabeto. Orsolya Nádasdy intento educar a Erzsébet en el catolicismo, obligándola a leer la Biblia constantemente, pero la pequeña condesa llevaba la sangre de los Bathory, que adoraban el culto a la magia negra y la alquimia, esto provocaba disputas constantes entre La Condesa y su suegra. Erzsébet estaba deseando que llegase el momento de la boda, pues podría salir de la protección de su suegra y dar rienda suelta a la maldad que habitaba en ella.

Cuando la condesa cumplió quince años por fin llegó el anhelado momento de la boda, y se mudaron al castillo de Csejthe, propiedad de los Bathory, pero la dicha no duró demasiado pues el conde Ferencz fue reclamado en la batalla dejando su esposa sola y aburrida.

La Condesa a su corta edad ya se había convertido en una de las mujeres más hermosas de Hungría, muchos eran los nobles que envidiaban al Conde, por haberse casado con Erzsébet, pero, ninguno de ellos podía sospechar, ni tan siquiera el propio conde Nádasdy, que aquella muñeca de pelo oscuro y tez de porcelana era en realidad un monstruo.

En ausencia de su marido, Erzsébet empezó a frecuentar la compañía de su tía Klara, quien la adiestró en la magia negra y la brujería, pero este no era el único entretenimiento que tenía La Condesa para distraerse, maltratar a sus sirvientas era otra práctica que llenaba de diversión sus horas de soledad.

En una ocasión que el conde Nádasdy visitó a la condesa antes de volver a marcharse a la batalla, encontró a una sirvienta en los jardines del castillo cubierta de miel y con insectos retozando por todo su cuerpo, cuando éste pidió explicaciones a Erzsébet, ella le dijo que la sirvienta se había portado mal y ese era su castigo, el Conde soltó una carcajada ante la crueldad de su esposa y acto seguido ordenó que sacaran a la sirvienta de tal situación antes de que los insectos acabaran con su vida. Ferencz no se extrañó, ni se escandalizó por este comportamiento de su esposa, a fin de cuentas, el maltrato a los sirvientes era cosa común en aquellos días. Sin ir más lejos, cuando Nádasdy estaba lejos de casa, en sus campañas militares, intercambiaba epístolas con Erzsébet, en las cuales se sugerían los métodos más crueles y entretenidos para denigrar a sus sirvientes.

Una de las torturas favoritas de la Condesa consistía en sacar a las muchachas desnudas a la merced del frío que hacía en los jardines del castillo, mientras les tiraba cubos de agua helada, cuando las chicas ya estaban inconscientes, las hacía entrar en el castillo cerca de la chimenea para que entrasen en calor, las alimentaba y una vez ya se habían recuperado volvía a iniciar la tortura hasta que las muchachas acababan convirtiéndose en fabulosas estatuas de hielo que decoraban su jardín.

En la ausencia del Conde, Erzsébet ya se había hecho con un grupo de fieles sirvientes, que obedecían todas sus órdenes sin poner el más mínimo reparo a cualquier cosa que deseara la Condesa, estos eran Dorkó una mujer corpulenta ya entrada en años y poco agraciada, Jo Ilona, y Ujváry János “Fickzó”, un enano contrahecho, bufón y fiel lacayo de la Condesa.

Noche tras noche, Erzsébet  hacía que sus más allegados sirvientes subieran a las siervas más jóvenes a sus aposentos, donde las chicas eran obligadas a las prácticas sexuales más perversas por parte de la Condesa, las veladas terminaban cuando Erzsébet acababa mordiendo a las chicas hasta arrancarles la piel de las mejillas. Por todo el castillo se escuchaban los gritos de aquellas pobres infelices con las que la noble demente daba rienda suelta a sus más demoníacos placeres.

En una ocasión en que la Condesa se encontraba probándose un vestido, una costurera llamada Irina, le dio un pinchazo con un alfiler, la chica muerta de miedo no paraba de suplicar perdón a La Condesa, pues sabía que le esperaba un duro castigo por su descuido. La Condesa al ver la sangre que brotaba de su brazo, miró con sus ojos helados como el hielo a la joven costurera, seguidamente le ordenó que lamiera la sangre. Irina muerta de miedo no entendía nada de lo que estaba ocurriendo pues esperaba por parte de Erzsébet una bofetada como tantas otras veces le había visto hacer, pero aquello dejo fuera de combate a Irina y al resto de costureras que presenciaron la escena, la chica se acercó y acató las ordenes de su ama, mientras La condesa gemía de placer, acto seguido mando salir a todas las costureras de la estancia, con excepción de Irina y en ese momento si le dio el bofetón que esta esperaba desde un principio, puede ser que fuera en ese momento cuando La condesa empezó su obsesión por la sangre de chicas jóvenes, pues la mejilla de Irina sangraba sin cesar.

Las largas ausencias del Conde, propiciaron que Erzsébet no diera a luz a su primera hija hasta diez años después de su matrimonio, en 1585, tiempo en el que La Condesa se dedicó a ejercer de madre y olvidar el placer que le había provocado la sangre de aquella costurera. Primero nació Anna, después Orsolya, Katalin y finalmente el pequeño Pál. Una vez más las circunstancias le hacían acallar sus instintos, pero cuando sus vástagos se hicieron lo suficientemente mayores, casó a todas sus hijas, y al pequeño Pál lo envió con un tutor fuera de Csejthe, en ese momento se sintió libre nuevamente para recrearse en sus perversiones.

En 1604 cuando la Condesa contaba con 44 años, el Conde Ferencz Nádasdy cayó en batalla, legando a Erzsébet todas sus pertenencias, incluidos sus castillos. Una vez muerto su esposo, la Condesa sacó de sus propiedades a aquella odiosa suegra que podía poner impedimento a sus macabros planes; Orsyola Nádasdy fue expulsada del castillo.

La condesa Bathory notaba como la juventud y belleza que la habían acompañado a lo largo de su vida se iban deteriorando, así que hizo que sus lacayos buscaran a la mejor bruja de la región, que prepararía milagrosos brebajes para conservar su belleza, su nombre era Darvulia, una experta en las artes arcanas, que gracias a sus pócimas y taimados consejos terminaría por soltar a la bestia que era Erzsébet.

Todos los días Darvulia salía del castillo en busca de nuevas hierbas que preparar a la Condesa, primero en forma de ungüento, y posteriormente ingeridas, aquellas pócimas hacían que Erzsébet tuviera alucinaciones, y esas escabrosas visiones convertirían Csejthe, en un infierno donde las noches se inundaban de gritos, de jóvenes a las cuales se les extraía la sangre para que la Condesa pudiera mantener su juventud, de hecho esta fue una idea de Darvulia asegurando a Erzsébet que la sangre de chicas vírgenes le devolvería la belleza.

Este hecho se confirmó el día en que una de las sirvientas, que la estaba peinando, distraída le propinó un fuerte tirón de pelo, Erzsébet respondió reventándole la nariz y la sangre de la doncella salpicó su rostro. Puede que fuese provocado por los brebajes que tomaba o simplemente por su obsesión por la sangre, pero le pareció que allí donde había tocado la sangre las arrugas desaparecían.

A partir de este incidente, empezaron los rituales nocturnos. La Condesa tenía muchas formas de tortura pero su favorita era la doncella de hierro, este artilugio era un autómata fabricado en Nuremberg, cuando Erzsébet lo vio se hizo construir una réplica para sus torturas. La doncella de hierro era un sarcófago con forma de mujer, en el que cabía una  persona, las múltiples joyas que llevaba el autómata accionaban un mecanismo que hacía salir cuchillos y clavos, estaba diseñado para que no tocara puntos vitales con lo cual el sufrimiento de las víctimas era máximo, pues estaba ingeniado para causar una muerte lenta y agónica.

Noche tras noche, la Condesa se vestía de blanco y empezaba sus macabros rituales para obtener sangre hasta que su túnica blanca se volvía roja, Lady Bathory pocas veces participaba en las torturas, pues resultaban demasiado agotadoras para ella, simplemente se sentaba a ordenar a sus sirvientes que torturas debían infligir, donde cortar, sin que ninguno de ellos protestase o se apiadase de sus víctimas, si alguna de las chicas moría antes de lo previsto, la Condesa se enfurecía tanto que torturaba a más chicas de las que tenía previstas para aquella noche.

Empezó a hacer sus sacrificios humanos cada vez con mayor  frecuencia hasta el punto de que ya no había chicas jóvenes en el castillo. Empezó a contratar chicas en las aldeas, hijas de campesinos que fueron contratadas como sirvientas y una vez subían a la carroza de la Condesa nunca más se sabía de ellas, todas fueron víctimas de los macabros juegos de Erzsébet Bathory y sus secuaces. Durante años la carroza con el emblema de los Bathory en busca de muchachas pobres a las que contratar como sirvientas, sembró el terror en las aldeas, los rumores sobre lo que ocurría en el castillo llenaba la boca de los aldeanos, por eso los campesinos empezaron a esconder a las pocas niñas que quedaban, incluso algunos se quejaron a las autoridades, pero a nadie le importaban las hijas de los campesinos.

Una noche la vieja Darvulia murió, la condesa se había quedado sin consejera para sus rituales, mandó a sus secuaces a buscar a una sustituta de su hechicera de confianza. Su nombre era Ezra Majorova, y ella resultó ser en última instancia la perdición de Erzsébet. La bruja Majorova convenció a la Condesa de que debía bañarse en la sangre se sus víctimas, y así lo hizo, cogió a la reserva de chicas que le quedaban en el calabozo, las había guardado porque su belleza era superior a la de las otras muchachas, y empezó a bañarse en su sangre.

Una de las chicas llamada Pola, consiguió escapar del castillo pero los secuaces de la Condesa la encontraron, la metieron en una jaula que colgaba del techo. En su interior había afiladas cuchillas, los acólitos de la condesa tiraron de las cuerdas que sujetaban la jaula para que se balancease y cortase la piel de la infortunada. Mientras, la Condesa debajo de la jaula iba dejando que la sangre de la chica le cayera encima en una macabra ducha.

Las paredes del castillo se habían teñido de rojo por la sangre derramada, todo el castillo hedía a sangre, pero cada vez había menos reserva de chicas, Majorova convenció a la Condesa de que debía bañarse en la sangre de chicas nobles, pues su sangre era más pura que la de las campesinas, así que la condesa con la excusa de ser la tutora de alguna familia noble consiguió hacerse con algunas chicas de sangre azul y llevarlas al castillo.

Su doncella de hierro había quedado inservible, se había obturado por la sangre vertida en su mecanismo, así que la condesa se volvió más sádica que nunca con aquellas chicas que ya no eran simples campesinas, las ató y con un atizador de la chimenea con forma de gancho les iba desgarrando partes del cuerpo, siempre con heridas no mortales para prolongar su sufrimiento, incluso les hizo comer partes de su propio cuerpo, hasta que finalmente expiraron.

Los nobles se quejaron a las autoridades, ya que sus hijas habían ido al castillo y nunca más se supo de ellas. Al tratarse de familias adineradas, las autoridades no pudieron mirar hacia otro lado y mandaron al propio primo de Erzsébet, el Palatino György  Thurzó al castillo, para que averiguara lo que ocurría. Cuando la comitiva del Palatino llegó al castillo no podían creer lo que vieron. Había cadáveres de chicas por todas partes, consiguieron salvar algunas que estaban en los calabozos del castillo, todas sufrían múltiples heridas y estaban desnutridas.

En 1612 se inició el juicio contra Erzsébet y sus secuaces, La Condesa acogiéndose a su condición de noble, se negó a declararse culpable o inocente, ni tan solo apareció en el juicio, pero, sus secuaces fueron obligados a testificar. El mayordomo enano Fickzó declaró que en su presencia se había asesinado a 37 mujeres, la mayoría de las cuales las había reclutado él, pero a nadie le importaban las siervas, que eran hijas de campesinos. Únicamente fueron juzgados por las nobles a las que torturaron hasta la muerte.

Fickzó, Jo Ilona y Dorkó acatando su sentencia fueron decapitados, en cuanto a la bruja Majorova, fue condenada a arrancarle los dedos con unas tenazas calientes y posteriormente fue quemada en la hoguera. Por lo que respecta  a la Condesa, su condición de noble hacía imposible juzgarla, y fue emparedada en sus propios aposentos del castillo. El único contacto que tuvo con el mundo exterior durante los cuatro años que permaneció prácticamente enterrada en vida en sus aposentos, fue una pequeña rendija por la cual le servían el alimento.

El 21 de Agosto de 1616, el guardia encargado de darle la comida a la Condesa en su reclusión, la encontró caída en el suelo boca abajo. Erzsébet Bathory había muerto a la edad de 54 años. Sus familiares pretendieron enterrarla en la capilla de Čachtice, pero los lugareños protestaron, pues tan infame señora no merecía ser enterrada en tierra sagrada. Durante más de un siglo todos los documentos pertenecientes a la condesa fueron sellados y se prohibió hablar de ella en todo el país.

A día de hoy, los archivos nacionales de Hungría conservan abundante documentación sobre Erzsébet Bathory, en particular, toda una serie de epístolas personales, así como las actas del juicio. Su diario personal, como ya se ha comentado, sigue en paradero desconocido. Así pues, es complicado determinar que partes de esta historia pertenecen a lo estrictamente real, y que partes son una magnificada leyenda negra. Pues no deja de ser cierto que Erzsébet era una mujer rica, culta y poderosa, en una época y en un contexto político muy complicado. No se descarta que gran parte de la crónica de sus crímenes, fuera una invención de sus enemigos, para desacreditar a la Condesa y apartarla del poder y de la influencia, mediante su muerte.

Sea como fuere, la tétrica historia de la Tigresa de Csejthe ha perdurado a través de los siglos, y ha sido fuente de inspiración de múltiples libros, películas, obras musicales e incluso videojuegos.

Una muestra indiscutible de la atracción que ejerce lo sórdido, lo infame, lo prohibido, sobre la cultura popular.

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